
Una anunciada excursión que organizó una asociación que, con honor pertenece mi mujer, nos ha llevado a consultar durante todos estos días qué pronóstico de tiempo nos esperaba. Siempre veíamos en Internet y en una página de Portugal unos signos que nos anunciaban que ese día iba hacer de todo: viento, sol, nubes negras, nubes blancas, tormenta y chubascos.
Desde el autobús, nuestros ojos se alimentaban de paisajes encantadores: el color verde de las hierbas, las flores, los olivos, las encinas, los chalés...Las nubes negras se iban moviendo hasta llenar todo el cielo y descargar una borrasca... de algunos asientos salían voces alentadoras de que estas nubes se marcharían pronto para España y quedaría el día soleado.
Llegamos a Vila-Viçosa, un pueblecito portugués situado bajo las laderas de la Sierra de Borba en la zona del Alentejo, distrito de Évora. Desde que construyeron su castillo y todo su carácter medieval, con iglesias y conventos... ahora nos sorprende las casas blancas y modernas.
Llegamos a una extensa explanada empedrada, casi todas las calles estaban artísticamente empedradas de mármol por la gran cantera que existe allí.Lucía con honor la estatua de Juan IV montado en su caballo.
Visitamos el palacio de los duques de Braganza que se construyó en el año 1501 dando paso a las obras renacentistas. Su fachada está revestida de mármol. Allí comenzó a residir el duque D. Jaime para después en 1640 usaran este palacio como residencia de vacaciones como el Rey Juan IV o Carlos I que un guía nos enseñó sus acuarelas, carboncillos en cuadros grandes colgados de las paredes que estaban cubiertas de seda, así como su dormitorio y el de la reina, fueron muchas las colecciones que pudimos ver, así como los carruajes y la cocina con casi todos los útiles de cobre (al guía que nos hablaba en portugués entendible le pregunté por ¿o fogo? y me indicó el lugar). Los azulejos de los zócalos del palacio eran españoles.
Al terminar salimos al exterior, hacía sol, más bien calor, le sugerí al presidente de la excursión la posibilidad de comer, aprovechando este espacio de tiempo sin lluvia; me contestó que era temprano las 13´30 h..Por lo que, visitamos una iglesia, aquí mostré mi sentido del humor, (como siempre nos pedían dinero en los peajes de la carretera y para visitar las exposiciones), me puse detrás de la puerta del templo con la mano extendida, los rostros eran dignos de observar, esas reacciones humanas me gusta observarlas, hasta que descubrían la broma y sonreían con profundidad.
Volvió la lluvia, esta vez muy intensa y sin intenciones de cesar, por lo que, dentro del autobús decidimos regresar a nuestro origen, sin poder ver el castillo ni visitar Évora.
A las 16 h., en una nave, descargamos las mesas y las sillas y con mucho apetito comenzamos a comer en hermandad, con intercambios de comidas y dulces caseros como son: las pijas de gato, que hizo una paisana que le gusta inventar en el arte de cocinar y restaurar.