
Hacía años que en mi última costilla inferior me crecía un quiste de grasa, los médicos coincidían en decirme que carecía de importancia. Hace una semana que me vestí de valor y visité a mi doctor de cabecera, le dije: que era ya un bulto en aumento. Él muy amable me indicó por escrito el cirujano que podía realizar la extirpación.
Muy atento el especialista me señaló día y hora que tenía que presentarme en el hospital de la capital.
Estoy ya en el hospital, me acompaña mi mujer,surge en el pensamiento que he desayunado, que el doctor no me dijo nada; pregunto a todos los sanitarios con los que me cruzo y hacen movimientos de cabeza, osea que no les parece bien.
Esperamos en la sala, me acuerdo de mi familia, de todos, de mi historia, de vosotros los blogueros.
Me hago una pregunta: ¿será aquí el fin de mi vida?
Un enfermero anuncia con voz grave mi nombre, me ha tocado pasar al quirófano, me visten con una cofia plisada, una bata y unas fundas para cubrir los zapatos de los pies... todo un conjunto de color verde como muy fúnebre.
Ya tendido en la mesa viendo esos enormes focos aplastados de luz, llega el cirujano, le planteo lo de el desayuno, me pregunta muy simpático y campechano ¿qué es lo que he comido? Le digo que me preparé una tostá de esas que hacemos por esta tierra extremeña, tosté el pan, le restregué un diente de ajo, le eché un poco de sal y encima aceite frito; bebí un tazón con leche y acompañé al minibanquete unas escorias de uvas. El doctor sonrió y me dijo que había hecho muy bien, que no sabemos lo que nos puede pasar mañana y que eso no tiene importancia para la operación.
Un par de minutos para la anestesia local y sólo como un minuto para cortar con el bisturí el tejido carnoso, apretó con los dos dedos pulgares y salio el quiste como un huevo de pájaro.
Estoy bien ahora comienza a dolerme con algo de picor.